sábado, julio 05, 2008

I should have been a pair of ragged claws

Ayer mi viejo amigo X contó una anécdota de su primera juventud, no por sórdida menos conmovedora. Parece que cuando X empezó a salir de noche, y en previsión de inminentes lances de amor a los que sin duda se creía destinado, compró una caja de condones y guardó uno en el bolsillo más discreto de su billetera. Sólo uno: como vemos, su optimismo era moderado. Pasó mucho tiempo. Un amanecer, al cabo de una salida infructuosa como tantas otras, mi amigo buscó el profiláctico y leyó con estupor que la fecha de vencimiento había expirado hacía meses. El final es previsible: tras renegar de su mala estrella X tiró el condón a la basura, no sin antes darle un uso más bien indigno.

martes, junio 24, 2008

Nuevo decálogo del blog exitoso

Sin duda esto se ha intentado muchísimas veces. Ya se sabe: si algo no falta en la querida blogósfera es el ingenio fácil. De todos modos vale la pena, creo, presentar al neófito unos pocos requisitos de cumplimiento indispensable para quien aspire a tener un blog exitoso. ¿A qué llamamos "blog exitoso", siquiera a los efectos del presente artículo? Muy simple: al que recibe un mínimo de treinta comentarios por entrada -sin contar publicidad basura ni réplicas del titular- y cuyos lectores evidencian un entusiasmo que excede el mero compromiso. Se objetará que mal puedo dar claves para el éxito cuando mi propio blog es un fracaso rotundo, y que más me valdría llamarme a silencio y ver si aprendo un poco leyendo blogs ajenos. Al respecto sólo diré que de los errores también se aprende, y que desde luego estoy abierto a sugerencias, críticas y rectificaciones constructivas. Empiezo.

1. Ante todo, una cuestión elemental. Las entradas de su blog deben ser BREVES sin excepción. Admitámoslo y nos irá mejor: nadie, ni el masoquista más recalcitrante, está dispuesto a dedicar más de medio minuto por día a leer un estúpido blog.

2. Coloque en lugar bien visible una foto de su persona. Si Ud. tiene lo que los avisos clasificados llaman una buena presencia, no hay más que decir. Si no es muy agraciado, busque un ángulo que lo favorezca o elija una parte de su anatomía que al menos pueda ser exhibida sin penuria: un ojo, una oreja, el mentón, la nuca. Para casos extremos se recomienda el uso de una fotografía apócrifa: en Internet hay para todos los gustos. Mediante esta sencilla operación Ud. se ganará de antemano la buena voluntad de una franja lectora considerable, por lo general perteneciente al sexo opuesto. La catadura del público así obtenido ya es otra cuestión.

3. Si es mujer, cuente o invente episodios de su vida amorosa con lujo de detalles y vocabulario no necesariamente bien elegido, pero sí explícito. No importa cuán ineptas sean estas narraciones: en cuestión de semanas tendrá abonado a su blog un largo cortejo de onanistas fieles que la harán sentir una reina.

4. Si es hombre deberá demostrar que piensa, o que es sensible, o gracioso, o algo. En cualquier caso, busque para sus entradas temas de fácil acceso que enardezcan al público sin mayor inconveniente: el fútbol, la meteorología, el conflicto agrario, el programa de Marcelo Tinelli. Muéstrese altivo y desdeñoso ante la vulgaridad de estos temas, pero no hable de otros.

5. No revele a sus amigos y conocidos que Ud. tiene un blog. Si lo hace, y en cuanto se descuide, esta gente le usará el espacio para mandar saludos, pedir favores, organizar asados, etcétera. El lector ajeno a esas cuestiones huirá despavorido para no volver.

6. Inversamente, no agregue al Messenger a sus lectores más entusiastas. Hacerlo es exponerse a lo inevitable: al poco tiempo de tratarlo advertirán que Ud. es mucho menos simpático de lo que parecía y lo abandonarán sin remedio. Por las mismas razones, no acceda nunca a conocerlos en persona. Las reuniones de "bloggers", si es que tal cosa existe, quedan estrictamente prohibidas.

7. Si a pesar de todo no puede evitar despacharse con entradas largas, sea astuto: divídalas en incisos, apartados, pequeños capítulos que faciliten la lectura y arrastren al visitante más desganado. ¿Y por qué no, a fin de cuentas? ¿Acaso Ud. mismo, querido lector, no sigue leyendo esto como un pavote?

8. Una redacción esmerada, cuidadosa o siquiera digna no es garantía de nada. No pierda el tiempo en nimiedades y actualice sin piedad. ¿Le cobraron más de la cuenta en el supermercado? Denúncielo en su blog y espere que lluevan los comentarios de apoyo. ¿Se despertó con dolor de oído? Avise a los lectores y será consolado sin demora. ¿Tiene celular con cámara? Ilustre sus textos con fotografías sin el menor valor artístico ni interés testimonial: alguien, en alguna parte, sabrá valorarlas. No olvide que cuanto más trivial e intrascendente sea su post, mayores probabilidades habrá de que cualquier infeliz opine al respecto sin esforzarse mucho.

9. Esto es decisivo: haga proselitismo. Visite blogs ajenos, comente, alabe, discuta. Es también la parte más tediosa, porque como habrá advertido los blogs del prójimo son siempre más aburridos que el de uno. Si interesarse por los temas en debate se le hace muy cuesta arriba, limítese a elogiar valiéndose de fórmulas generales: "buenísimo", "tiene razón", "en un todo de acuerdo" o, si se siente especialmente hipócrita, "genial como siempre". Atención: antes de escribir "ja, ja, ja" -otro clásico- asegúrese de que el post en cuestión tiene un propósito humorístico. Esto último no siempre resulta fácil.

10. Incluya enlaces a otros blogs y le devolverán la gentileza. Sea humanitario, ejerza la compasión. Se tiene noticia de blogs que han subsistido durante meses e incluso años gracias a los comentarios de un solo lector solidario y tenaz. En suma: si ve un blog medio muerto, deje su aporte y ganará un ciberamigo para toda la vida.

miércoles, junio 18, 2008

Pequeña leyenda urbana

En casa tuvimos tres gatos. Los tres desaparecieron sucesiva y misteriosamente a poco de haber sido adoptados. No fueron los únicos: tras la desaparición del tercero supe que muchos vecinos habían perdido los suyos de la misma manera y, con un ligero sobresalto, caí en la cuenta de que ya nunca veíamos gatos en el techo ni se oían maullidos por la noche. De algún modo, por inverosímil que parezca, alguien había exterminado con sigilo y eficiencia a todos los gatos de la manzana. Se decía que el culpable era un viejo, un militar retirado que vivía solo y criaba palomas o algo por el estilo. La historia me parecía demasiado burda para tomarla en serio, pero entendí que traer más gatos a casa sería un crimen deliberado y, al igual que mis vecinos, no reincidí. Así pasaron años de vago y silencioso recelo. Una tarde me avisaron que el viejo había muerto. Al poco tiempo oí en la alta noche un maullido remoto, prolongado, triunfal: volvían los gatos.

jueves, junio 12, 2008

Correo de lectores

From: licenciadovarela@uns.edu.ar
To: bartleby_1978@hotmail.com
Subject: Y?????
Date: Sun, 8 Jun 2008 14:25:19 +0000

Distinguido W. C. Fields:

Ante todo buenas tardes, como dijo el Burrito Ortega a la prensa especializada la otra vuelta, al cabo de una de esas memorables actuaciones a que nos tiene acostumbrados su habilidad sin par con el esférico, y que el resto del mundo opine lo que quiera o, mejor aún, que no opine nada. Porque para opinar hay que saber, hay que mirar las cosas con ecuanimidad y espíritu filosófico, y eso es más de lo que puede esperarse de un bostero, de un xeneize, de un hincha de Boca en una palabra, que después de decirla se siente uno ganoso de ir al baño y lavarse la lengua con agua y jabón, como cuando éramos pibes y habíamos proferido, con ese candor que sólo conocen la niñez y la demencia senil, una blasfemia mal disimulada. Yo fui a un colegio de curas y sé de qué hablo [...]. Pero entiendo que Ud. no es bostero. Si es bostero (no creo), le pido mil perdones y paso sin más al tema que nos ocupa. Que tampoco es cuestión de que haya encono entre gente culta por nimiedades, ¿no le parece? Fenómeno.

Permítame presentarme: soy profesor titular de la cátedra de Literatura Argentina III en una prestigiosa universidad cuyo emplazamiento exacto, por el momento al menos, conviene dejar en la nebulosa. Mi programa, destinado a ofrecer al neófito un pantallazo sucinto pero abarcador de las últimas tendencias, comprende diez años de producción literaria en nuestro país, desde ese golazo de ventas que fue el Anatomista de Andahazi hasta el presente auge de literatura virtual (léase blocks) que a tantos y tan sesudos especialistas ha dado que pensar en los últimos tiempos. Los otros días, sin ir más lejos, leía en la revista Gente [...]. Ahora bien, de todos los autores de blocks que hemos estudiado en la cátedra (no son muchos, le aclaro: a cada cosa la importancia debida), Ud. ocupa en el corazón de los estudiantes un lugar no digo especial (no insinúo que lo “quieran” ni muchísimo menos), pero sí de cierta relevancia. Me explico: todos coincidimos, y sobre este punto no hay discusión posible, en que el valor literario de sus textos es ínfimo o inexistente; sin embargo, a fuerza de leerlo, de seguir con tristeza sus nunca resueltas perplejidades, de especular sobre su extraña vida, hemos desarrollado hacia su persona una absurda e injustificable simpatía, bien parecida a la del despiadado hombre de ciencia que, en un momento de debilidad, se encapricha muy a su pesar con el cobayo menos despierto de la familia.

Sin alegría lo confieso: más de un comentarista habitual de su block era alumno de mi cátedra y opinaba sobre sus textos de pura lástima. Yo mismo, en un rapto de furor acaso perdonable, le escribí anónimamente a propósito de su último post hasta la fecha, donde se calumniaba la memoria insigne del gran Edgar Wallace: comentario quizá un tanto rudo, pero es que (como buen saboreador de tramas policiales y de misterio) cuando atacan a mi autor favorito me salgo de mis casillas. Pero esto no tiene importancia. La cuestión es que de improviso, y sin comerla ni beberla como habitualmente se dice, no hubo más noticias de Ud. En vano visitamos su block día tras día, semana tras semana, mes tras mes y, ahora podemos decirlo, año tras año. La modesta pero hasta entonces inagotable fuente de su ingenio se había secado, o por lo menos no daba muestras ciertas de seguir manando. Esta comprobación nos sumió paulatinamente en el desconcierto, el estupor, la pena, la inquietud, la (por increíble que parezca) angustia extrema. En una palabra, estimado, su silencio nos preocupa.

Desde luego, circulan rumores. ¿Fue Shakespeare o Virgilio quien dijo que la fama es un monstruo grande y pisa fuerte? No me acuerdo, yo doy literatura argentina. Comoquiera que sea, se tejen entre el alumnado (y aun, lamento decirlo, en el seno mismo del cuerpo docente) las más descabelladas especies: que Ud. murió; que se volvió loco y pasa sus días en el ala más pintoresca del Hospital Penna; que se convirtió al budismo y reparte volantes alusivos envuelto en una vistosa túnica naranja; que se peleó con todos sus amigos y no se da con nadie; que escribe una novela; que escribe poemas; que lo han visto en la vía pública acompañado por gente poco recomendable; que se recibió y da clases; que se volvió anoréxico y llegó a pesar 37 kilogramos con el bolso puesto; que se cortó el pelo; que vende enciclopedias en veinte tomos de puerta en puerta (si es así, no cuente conmigo); que se le subió el éxito a la cabeza; que tuvo un puesto de venta de discos de vinilo, tanto importados como de industria nacional, en el recientemente extinto mercado de pulgas de la avenida General Cerri; que se suicidó arrojándose a una rotativa en marcha y que esto ocasionó incalculables perjuicios a la empresa en que supuestamente Ud. trabajaba; que colecciona muñequitos “Jack”; que está casado y tiene una hija en edad de merecer; que pide monedas en la terminal de ómnibus; que nunca existió; que se dedica con abnegación y constancia dignas de mejor causa a la cría intensiva de chinchillas.

Nuestras indagaciones han sido infructuosas. En vano hemos interrogado a sus viejos camaradas. La encantadora Gerund no supo más de Ud. y, a decir verdad, lo eliminó hace meses de su cuenta de MSN ("Era un falso -fueron sus palabras textuales-: si no posteaba no le comentaba a nadie. Por algo yo le decía Fakewield” [esto último es evidentemente un anagrama o deformación irónica de su pseudónimo: W. C. Fields]). Señor K. nos dio el esquinazo una y otra vez y por último, con un descaro que no trepido en calificar de inaudito, negó siquiera haberlo conocido. ¿A qué seguir? Ud. los recuerda: Ulschmidt, Cuni, Fodor Lobson, Montevideana, Ana C., Subjuntivo y siguen las firmas. Nadie sabe nada, nadie quiere hablar. ¿Qué les hizo? ¿Por qué tanto misterio? ¿Por qué al cabo de meses y meses de colgar religiosamente un post por semana (y dejando nuevamente a un lado la cuestión del valor intrínseco de esos textos) Ud. se llamó a silencio de un día para el otro y sin la menor explicación? ¿Y cuándo vuelve? [...] Sin otro particular, mas esperando una pronta respuesta a estas inquietudes, saluda a Ud. muy atentamente

Un lector de la primera hora.

domingo, abril 29, 2007

El arte narrativo y la lotería

En la década de 1920, el escritor inglés Edgar Wallace -despreocupado autor de más de un centenar de novelas policiales; guionista de la primera versión de King Kong; creador de Mister Reeder, de los Cuatro Hombres Justos y de una larga lista de personajes igualmente olvidados- ideó y patentó un dispositivo para inventar argumentos. La Edgar Wallace Plot Wheel -algo así como "rueda de argumentos de Edgar Wallace- consistía en dos discos de cartón superpuestos, uno dividido en porciones que remitían a eventos novelescos -"asesinato", "secuestro", "matrimonio", "explosión", "amnesia", etcétera- y el otro provisto de de una pequeña ventana. El curioso artefacto debía accionarse cada vez que el novelista no supiera cómo seguir su historia o qué hacer con un personaje determinado. Todo consistía en girar uno de los discos, esperar a que se detuviera y luego acatar el resultado que mostrara la ventana. Esto debía repetirse tantas veces como fueran necesarias para la elaboración de la trama. El mismo Wallace, al que aún se recuerda como uno de los escritores más prolíficos del siglo XX, solía utilizar el invento para ejecutar sus vertiginosos folletines.

"La novela de aventuras -escribió Borges en el prólogo a La invención de Morel- no se propone como una transcripción de la realidad: es un objeto artificial que no sufre ninguna parte injustificada. El temor de incurrir en la mera variedad sucesiva de El asno de oro, de los siete viajes de Simbad o del Quijote le impone un riguroso argumento". Desde esta perspectiva, los problemas que acarrea la rueda de argumentos son más que obvios: el escritor que obedezca sus dictados sólo producirá historias caóticas, arbitrarias, inconexas, carentes del menor designio artístico... Historias, sin ir más lejos, como las del propio Wallace. Y sin embargo, al permitir que el azar irrumpiera de modo tan decisivo en el desarrollo de sus tramas, el obtuso novelista cultivó sin proponérselo una extraña y profunda clase de realismo. Decía Oscar Wilde que las tragedias de la vida son poco refinadas y que lo que más nos duele en ellas es su cruda violencia, su absoluta falta de estilo. También esta pobre vida, agregamos nosotros, parece gobernada por una absurda lotería: por una ruleta no menos insensata que la de Edgar Wallace.

miércoles, abril 18, 2007

Escribir

Mi experiencia en ayudar a la gente a escribir ha sido limitada pero en extremo intensiva. Lo he hecho todo, desde dar dinero a futuros escritores para que vivan, hasta darles argumentos y reescribir sus cuentos, y hasta el momento he encontrado que nada sirve para nada. La gente que Dios o la naturaleza quiso que fueran escritores encuentra sus propias respuestas, y a los que tienen que preguntar es imposible ayudarlos. Son simplemente gente que quiere ser escritora.

Raymond Chandler, en una carta de 1946.

martes, abril 10, 2007

La bienhechora

A dos cuadras de mi casa hay una fiambrería cuyas empleadas son notoriamente feas. No exagero: en estos asuntos creo ser un juez benévolo, un alma sensible y el primero en admirar el más modesto asomo de belleza; y sin embargo las pobres muchachas de las que hablo -no menos de seis, porque la fiambrería prospera- pasarían por feas incluso ante el menos exigente de los observadores. La circunstancia es tan llamativa que la otra tarde, cuando volví a casa, la comenté a mi madre. "Es a propósito -fue la imprevista exégesis-. La mujer del fiambrero es mayor que él y es muy celosa. Lo obliga a tener empleadas feas para evitar problemas". Mientras masticaba en silencio mi primer sandwich de paleta me di a pensar que el bien, como el Espíritu, obra de maneras misteriosas. "También las feas merecen algún privilegio -reflexioné-. La mujer del fiambrero, con su mezquindad, con su egoísmo, con su indigno deseo de mortificar al marido, asegura el sustento a sus congéneres menos agraciadas. Acaso sin proponérselo ajusta los tantos y hace del mundo un lugar más equitativo. De todos modos -concluí- espero que las chicas no sepan nada".