La musa
A mi mujer, Ana, sin cuyo silencio nunca hubiera podido escribirse este libro.
Philip K. Dick, The Man in the High Castle (1962)
"En el desorden aparente de nuestro misterioso mundo, cada hombre está ajustado a un sistema con tan exquisito rigor —y los sistemas entre sí, y todos a todo— que el individuo que se desvía un solo momento corre el terrible albur de perder para siempre su lugar. Corre el albur de ser, como Wakefield, el Paria del Universo". Nathaniel Hawthorne, 1835.
A mi mujer, Ana, sin cuyo silencio nunca hubiera podido escribirse este libro.
Dos restricciones me impuse al encarar este post: no acudir a la socorrida máxima de Baltasar Gracián sobre las bondades de lo breve; no incurrir en bromas de gusto discutible sobre el mismo tema. Así las cosas, sólo recordaré a quien leyere que desde enero de este año existe el blog Minisagas, cuya lectura recomiendo.
Un viejo con aspecto afligido, sentado junto a mí en la terminal, me pide 25 centavos para hablar por teléfono. Mi mentira es un acto reflejo: ―Lo siento, no tengo.En nuestra lengua el género es virtualmente desconocido. Los relatos que ofrece el blog de Subjuntivo, enviados por lectores, amigos y lectores amigos, se hacen cargo de su carácter más o menos fundacional y lo sobrellevan con encantador desenfado. No diré que todos son buenos ―y una prueba de la hospitalidad por momentos excesiva del gran Subjun es que yo mismo colaboro de vez en cuando―, pero sí que muchos valen la pena. Por otro lado, escribir minisagas es un ejercicio de lo más interesante para quienes buscan depurar el propio estilo. Así que a no amilanarse: Subjuntivo, un servidor y el resto de quienes frecuentamos el blog ―gente por lo demás sana y de buenas costumbres― esperamos vuestras colaboraciones con impaciencia. Muchas gracias.
Enseguida me arrepiento; pero comprendo que la infame maquinaria ya se ha puesto en marcha, y no sé cómo detenerla.
Ir al cine sin compañía puede ser una experiencia deprimente. Sobre todo un sábado; sobre todo si uno, después de acomodarse como puede en algún sector discreto de la platea, mira a su alrededor y no ve más que pares de cabezas muy juntas que susurran en la penumbra. Parejas de novios, piensa uno con cierto embarazo mientras, sólo para hacer algo, destapa la botella de agua mineral o abre la alegre caja de caramelos de la que nadie más va a servirse esa noche. Y si por ventura aparece otro espectador solitario, éste será sin excepción un hombre y tendrá además el aire inconfundible de la gente que no está del todo bien de la cabeza. Quién sabe, quizá uno mismo ya tenga esa traza un poco alarmante del tipo que va solo al cine.
La gente que no puede oír gotear una canilla se divide en tres grandes grupos: el de los que se van a una pieza alejada y cierran la puerta; el de los que le cuelgan a la canilla un trapo para que el agua se deslice silenciosamente; y el de los que se remangan y se disponen a arreglar la canilla.
A pedido del público –y hay que ver la sección pedidos de este blog, llena a rebosar de súplicas poco menos que desesperadas– ofrecemos a continuación una serie de consejos útiles para hacerse el interesante por MSN. Este servicio, como nadie ignora, es hoy por hoy no sólo una herramienta barata y eficaz para comunicarse con amigos y parientes que están lejos –suponiendo que uno quiera hacer semejante cosa– sino también para conocer gente del sexo opuesto, ejercer una muy pintoresca variante de la galantería y concertar citas románticas que luego podrán salir bien o mal de acuerdo con imponderables ya muy alejados del tema que nos ocupa.Muerto el maestro, el discípulo se dio a la tarea de publicar sus obras completas. El maestro era un célebre novelista francés, acaso el más grande escritor del siglo XX… o al menos así lo creía el discípulo, un joven voluntarioso y sistemático que no se arredraba ante nada. La misión que se impuso este último era ardua y quizá imposible porque, a diferencia de albaceas literarios más sensatos o con menos escrúpulos, nuestro héroe no pretendía dar a la imprenta una mera edición conjunta de obras ya conocidas, sino todo lo que el maestro hubiera escrito durante su larga carrera: “La denominación obras completas —declaró alguna vez con esa suficiencia que sólo nos permitimos en la primera juventud— suele ser ingenua o engañosa, porque en estos casos siempre quedan afuera textos marginales cuya importancia bien podría resultar decisiva: borradores, apuntes, fragmentos, sinopsis, diarios, cartas, tarjetas navideñas, listas de compras, escritos circunstanciales. Ese corpus vertiginoso y secreto no faltará, por cierto, en la edición que preparo” (1).