domingo, noviembre 30, 2008

La musa

A mi mujer, Ana, sin cuyo silencio nunca hubiera podido escribirse este libro.

Philip K. Dick, The Man in the High Castle (1962)

jueves, noviembre 20, 2008

Un género menor

Dos restricciones me impuse al encarar este post: no acudir a la socorrida máxima de Baltasar Gracián sobre las bondades de lo breve; no incurrir en bromas de gusto discutible sobre el mismo tema. Así las cosas, sólo recordaré a quien leyere que desde enero de este año existe el blog Minisagas, cuya lectura recomiendo.

El titular y administrador general del blog es Subjuntivo, un viejo conocido de estas páginas. Como él mismo explica en el primer post, una minisaga es un cuento de cincuenta palabras: ni una más ni una menos. Al parecer, la invención del género corresponde a los años ochenta y al escritor inglés Brian Aldiss. Esto al menos se lee en el blog de Subjuntivo, y yo al tipo le creo. También parece que con el tiempo escribir minisagas se ha convertido en una gimnasia literaria bastante apreciada por los anglosajones, lo que no debería extrañarnos: los narradores ingleses y norteamericanos siempre fueron menos palabreros que sus colegas de otras lenguas, incluida por cierto la nuestra.

Previsiblemente, muchos de estos textos brevísimos son lo que en un tiempo se llamaba trick stories: cuentos con sorpresa final que a menudo desarrollan un clima sombrío, tenso o festivo sólo para abolirlo y darle un remate diametralmente opuesto en la última línea. Acaso los mejores sean los que se proponen menos la sorpresa que cierta impávida ambigüedad. En cualquier caso las cincuenta palabritas dan para todo, como puede comprobarse tras leer algunos ejemplos. Y si de dar ejemplos se trata, qué mejor que apelar a nuestro mutuo amigo Señor K y a su ya clásico “Los mecanismos de un miserable”, cuento que reproduzco a continuación sin permiso de K, de Subjuntivo ni de nadie:
Un viejo con aspecto afligido, sentado junto a mí en la terminal, me pide 25 centavos para hablar por teléfono. Mi mentira es un acto reflejo: ―Lo siento, no tengo.

Enseguida me arrepiento; pero comprendo que la infame maquinaria ya se ha puesto en marcha, y no sé cómo detenerla.
En nuestra lengua el género es virtualmente desconocido. Los relatos que ofrece el blog de Subjuntivo, enviados por lectores, amigos y lectores amigos, se hacen cargo de su carácter más o menos fundacional y lo sobrellevan con encantador desenfado. No diré que todos son buenos ―y una prueba de la hospitalidad por momentos excesiva del gran Subjun es que yo mismo colaboro de vez en cuando―, pero sí que muchos valen la pena. Por otro lado, escribir minisagas es un ejercicio de lo más interesante para quienes buscan depurar el propio estilo. Así que a no amilanarse: Subjuntivo, un servidor y el resto de quienes frecuentamos el blog ―gente por lo demás sana y de buenas costumbres― esperamos vuestras colaboraciones con impaciencia. Muchas gracias.

jueves, noviembre 13, 2008

Hoy trasnoche

Ir al cine sin compañía puede ser una experiencia deprimente. Sobre todo un sábado; sobre todo si uno, después de acomodarse como puede en algún sector discreto de la platea, mira a su alrededor y no ve más que pares de cabezas muy juntas que susurran en la penumbra. Parejas de novios, piensa uno con cierto embarazo mientras, sólo para hacer algo, destapa la botella de agua mineral o abre la alegre caja de caramelos de la que nadie más va a servirse esa noche. Y si por ventura aparece otro espectador solitario, éste será sin excepción un hombre y tendrá además el aire inconfundible de la gente que no está del todo bien de la cabeza. Quién sabe, quizá uno mismo ya tenga esa traza un poco alarmante del tipo que va solo al cine.

Luego –y siempre y cuando hayamos entrado en la variante de las reflexiones sombrías, una disposición que los avances cinematográficos suelen propiciar– empieza la película y entonces hay por lo menos dos maneras de que el asunto empeore. Porque si es mala caeremos sin remedio en el estado de honda melancolía que es propio de tales casos; y si no es mala todo resultará incluso más triste, porque descubriremos una vez más que el módico placer de mirar una buena película –¿y qué tan buena puede ser, por otro lado?– no compensará jamás el hecho consumado de que estamos solos, de que no hay a nuestro lado ninguna presencia más o menos adorable que nos importune, nos distraiga, nos recuerde que a fin de cuentas lo que pasa en la pantalla no tiene mayor importancia.

Y eso no es todo, ya que el momento de irse impone nuevas pruebas al alma atribulada. ¿Qué pensarán, sin ir más lejos, las personas que nos ven cruzar el vestíbulo a paso vivo y con cara de circunstancia? ¿No es un poco absurdo haber permanecido dos horas en respetuoso silencio solamente para después marcharse sin confiar a nadie nuestro tedio, nuestra indignación, nuestra férrea voluntad de no volver a pisar un cine? ¿Creerá alguien, acaso, que la película nos ha gustado? Para colmo de males el boletero, cuya expresión habitualmente estólida oculta sin duda a un profundo e implacable conocedor del alma humana, nos mira desde su caverna con una compasión no desprovista de cinismo, porque sabe muy bien que la película es pésima y porque además hemos sufrido el calvario en perfecta soledad.

Pero por suerte ya estamos en la parada del taxi, junto a dos viejas recién egresadas del bingo y a un individuo de aspecto equívoco que pide cigarrillos y que, al no obtenerlos, parece molestarse más de la cuenta. No estaría mal fumar en situaciones como ésta, piensa uno mientras advierte que la noche se ha puesto fría, muy fría. Después, para hacer tiempo, dedica un último recuerdo a esa película que no sólo no debió ir a ver nunca, sino que ni siquiera debió haber sido escrita, filmada ni mucho menos distribuida por las más apartadas regiones del planeta, incluida por supuesto –y cómo no, con nuestra envidiable tradición cinéfila– la remotísima ciudad de Bahía Blanca.

Ya en casa, y antes de dar la noche por perdida, uno destapa una cerveza, enciende la computadora y escribe algo que de alguna manera, quizá en virtud de un mecanismo comparable con la medicina homeopática y en todo caso igual de inútil, lo ayude a sobrellevar el mal trago. Esto, por ejemplo.

jueves, noviembre 06, 2008

Sociología del goteo

La gente que no puede oír gotear una canilla se divide en tres grandes grupos: el de los que se van a una pieza alejada y cierran la puerta; el de los que le cuelgan a la canilla un trapo para que el agua se deslice silenciosamente; y el de los que se remangan y se disponen a arreglar la canilla.

Nadie piensa de inmediato en cambiarla, que es lo que debiera hacerse.

Wimpi, El gusano loco (1952)

miércoles, octubre 29, 2008

Siete histerias de MSN

A pedido del público –y hay que ver la sección pedidos de este blog, llena a rebosar de súplicas poco menos que desesperadas– ofrecemos a continuación una serie de consejos útiles para hacerse el interesante por MSN. Este servicio, como nadie ignora, es hoy por hoy no sólo una herramienta barata y eficaz para comunicarse con amigos y parientes que están lejos –suponiendo que uno quiera hacer semejante cosa– sino también para conocer gente del sexo opuesto, ejercer una muy pintoresca variante de la galantería y concertar citas románticas que luego podrán salir bien o mal de acuerdo con imponderables ya muy alejados del tema que nos ocupa.

Ahora bien: ex nihilo nihil fit, como dicen los almaceneros cuando uno les pide fiado, y un requisito indispensable para cautivar al prójimo por MSN –así como por vías más directas– es demostrar o simular que uno anda en algo: los solitarios, aceptémoslo, no impresionan a nadie. Es aquí donde la mensajería instantánea por Internet, con su vago misterio, nos da a todos más de una mano valiosa. Y es aquí donde entra a tallar la experiencia del usuario veterano: experiencia sedimentada, cristalizada y, como no podía ser de otra manera, primorosamente expuesta en los siete incisos que siguen. Así que a no desfallecer, damas y caballeros: un maravilloso mundo de aventuras y emociones fuertes nos aguarda a pesar de todo.

1. Lo primero que ha de hacer quien aspire al éxito en estas imposturas es ejercitar su sentido de la oportunidad. Usted ya ha identificado a su presa, ha chateado con ella dos o tres veces y cree caerle más o menos bien. Por lo tanto, de ahora en más cada sesión de MSN será una incómoda y apenas solapada cita prerromántica cuyo propósito es ganar ciertos puntos. Y en las citas, ya sabemos, corre con ventaja el que llega tarde. Así pues, no lo dude: que el que aparezca primero sea siempre el otro. Usted conéctese en modo “invisible” y observe el panorama: si su víctima está online respire hondo y acometa; si no hay rastros de ella espérela un rato, sentado y oculto. Y por lo que más quiera, no incurra en la torpeza de entrar como perro moviendo la cola no bien la otra persona haga su aparición. Una conducta semejante no sólo no lo favorecerá en lo más mínimo sino que además mostrará a las claras lo inaudito de su necesidad de amar, por no decir otra cosa. Cinco minutos es un lapso razonable.

2. De ahora en más, el cartel de “no disponible” formará parte inseparable de su nick. No importa que a usted nadie le hable, no importa que sus poquísimos contactos lo ignoren rotundamente, no importa que el único que le lleva el apunte sea ese entrañable amigo de la infancia que a menudo, o más bien todos los días, le refiere las miserias de su vida conyugal con una prolijidad y una pasión por el detalle que harían palidecer de envidia al mismísimo Marcel Proust: usted, a ojos del mundo, no está disponible y no desea ser importunado. No exageramos: tan extendido está el uso de este cartelito que olvidarse de él equivale a proclamar a los cuatro vientos que uno está groseramente disponible. Para establecer un paralelismo con el mundo real –o casi–, podría decirse que el “no disponible” es el equivalente informático de la notoria cara de culo con que algunas damas caminan por la vía pública o acuden solas o con amigas a locales de esparcimiento nocturno, vaya uno a saber con qué fines. La divisa, como el astuto lector va coligiendo, es siempre la misma: si hay miseria, que no se note.

3. Desde luego, un usuario “no disponible” no inicia conversaciones y sólo se resigna a ellas de mala gana. Por eso una vez en la palestra usted debe permanecer en riguroso silencio. Es la otra persona quien debe iniciar la conversación y demostrar un mínimo interés en comunicarse. Si esto tarda en ocurrir –pues nadie ignora que la perversidad humana no conoce límites–, invierta su tiempo en actividades productivas: fíjese en el Weather Channel si anuncian lluvia para el domingo, juéguese un Tetris o busque en Wikipedia el artículo sobre la Wikipedia –¿nunca probó?–. Si todo sale bien, su oponente pensará que usted no saluda porque está concertando citas con media ciudad y, por absurdo que parezca, sentirá una leve pero innegable punzada de celos. Por las mismas razones, sus respuestas deben demorarse y ser ofensivamente insuficientes.

Amante Maduro: Cómo estás?
Hechicera_57 (cinco minutos más tarde): Bien.
Amante Maduro: Me alegro. Qué contás?
Hechicera_57 (nueve minutos después): Nada.

La idea es mantener en vilo a nuestro interlocutor durante el mayor tiempo posible. Alternando la indiferencia con períodos de irresistible simpatía se obtienen resultados brillantes, como más de un experto puede atestiguar. No hay en esta guía instrucciones para ser simpático.

4. Es probable que usted, acaso porque el mundo exterior no le ofrece mayores alicientes, se pase el día entero conectado al MSN. Ahora bien: esto no debe saberse bajo ninguna circunstancia. Imagine por un momento que su antagonista entra para revisar su casilla de email un domingo al amanecer –después de una noche de fiesta moderada, digamos– y lo ve conectado: revertir un oprobio semejante es tarea que excede las fuerzas humanas. Por eso, para crear astutamente la ilusión de que uno tiene algo parecido a una vida y sólo se conecta de a ratos, se ha inventado la opción “no admitir”. El recurso tiene sus peligros: no sólo por la siempre latente posibilidad de que un imprevisto contacto en común desenmascare accidental o maliciosamente la triquiñuela, sino porque además se supone –a nosotros no nos consta– que existe software especializado capaz de detectarla sin mayor esfuerzo. Y demostrar que no deseamos ser vistos, por paradójico que parezca, también es perder puntos. “No te borro del MSN porque ni siquiera me importás tanto como para eso”, nos dijo alguna vez una dama que pretendía herirnos.

5. Haga buen uso del “mensaje personal”, esto es, del brevísimo texto que acompaña el nick y que sus contactos más superficiales destinan a mandar saludos, avisar que están “trabajando”, proclamar resultados futbolísticos que por alguna razón los enorgullecen, etcétera. Lo mejor es pegar una cita literaria sugestiva, que permita al otro inferir la existencia de una vida amorosa más o menos accidentada. Algunos ejemplos: “Me duele una mujer en todo el cuerpo”, “Sobre tus bizantinos alamares / Gusté infinitamente tu agonía”, “Post coitum omne animal triste”, “De tu cuadril no me olvido nunca más”. Si su interlocutor le pregunta, responda con excusas inverosímiles:

La_más_linda: Y esa frase?
Lord Byron: Ahora me gusta Calamaro.

No olvide elegir un texto a la altura de las circunstancias. La cita de Ovidio puede ser devastadora a los ojos de una estudiante avanzada de Letras, pero más bien inocua para la alegre muchacha que usted conoció en el Gigante Tropical de Villa Mitre el domingo pasado a las cinco y media de la mañana. Por alguna razón, Calamaro no falla nunca.

6. Una treta grosera pero efectiva. Luego de un silencio de varios minutos, simule equivocar el destinatario y envíe a su futura media naranja un mensaje burdamente comprometedor. Discúlpese en el acto y muéstrese avergonzado, pero no mucho.

Carlitos: Te pasaste anoche, eh? Hay que repetirlo!
ROXXXANA: Qué?
Carlitos: Uy, perdón. No era para vos.
Carlitos: jaja.

7. Una buena retirada es fundamental. Despídase abruptamente y sin explicaciones cuando la charla lo favorezca. Es muy simple: si advierte que su contrincante se entusiasma, lo mima un poco o siquiera da muestras de sentirse a gusto, ponga fin al diálogo como si de pronto lo reclamaran asuntos de mayor interés. Para obtener un efecto aún más ultrajante, váyase sin avisar.

Tony Cuevas: jajaja
Tony Cuevas: Muy bueno.
Tony Cuevas: Hacía tiempo que no me reía tanto. Gracias.
Tony Cuevas: Qué hacés este fin de semana?
vivi_17: Nada.
Tony Cuevas: OK. Vamos a tomar algo?
(No se ha podido entregar el mensaje porque vivi_17 aparece como “No conectado”)

Con este sencillo procedimiento usted logrará frustrar, desconcertar, enfurecer e incluso –si los astros son propicios o su adversario lo suficientemente neurótico– enamorar sin remedio al sufrido interlocutor, que a partir de entonces ya no pensará en nadie más. Espere dos o tres días, vuelva al inciso 1 y repita el proceso. Luego otra vez y así ad nauseam.

Bonus tip. No sea ingenuo. No suponga que una sesión de MSN termina cuando usted o su antagonista abandonan la escena. El verdadero profesional no se desconecta, sino que permanece oculto durante un lapso prudencial. En otras palabras, active la opción “aparecer como no conectado” y fíjese qué pasa. Si su némesis se retira enseguida, es porque sólo usted la reclamaba en el ciberespacio: considérelo una victoria importantísima y dese por satisfecho. Si, por el contrario, aquella sigue online más de cinco minutos, caben dos posibilidades: usted no es el interés excluyente de esa persona –lo que desde luego es la peor noticia que podemos recibir– o bien ésta conoce el protocolo, lo supone a usted en las sombras y obra en consecuencia. Nunca descarte, por cierto, la posibilidad de que su oponente sea otra luminaria en el sofisticado arte de histeriquear por MSN. En manos expertas, el juego puede prolongarse durante meses e incluso años.

miércoles, octubre 22, 2008

Obras completas

Muerto el maestro, el discípulo se dio a la tarea de publicar sus obras completas. El maestro era un célebre novelista francés, acaso el más grande escritor del siglo XX… o al menos así lo creía el discípulo, un joven voluntarioso y sistemático que no se arredraba ante nada. La misión que se impuso este último era ardua y quizá imposible porque, a diferencia de albaceas literarios más sensatos o con menos escrúpulos, nuestro héroe no pretendía dar a la imprenta una mera edición conjunta de obras ya conocidas, sino todo lo que el maestro hubiera escrito durante su larga carrera: “La denominación obras completas —declaró alguna vez con esa suficiencia que sólo nos permitimos en la primera juventud— suele ser ingenua o engañosa, porque en estos casos siempre quedan afuera textos marginales cuya importancia bien podría resultar decisiva: borradores, apuntes, fragmentos, sinopsis, diarios, cartas, tarjetas navideñas, listas de compras, escritos circunstanciales. Ese corpus vertiginoso y secreto no faltará, por cierto, en la edición que preparo” (1).

El discípulo, que además era alemán y para colmo profesor de literatura, no dejó nada librado al azar. Según sus cálculos, la obra estrictamente literaria del maestro ocuparía menos de una sexta parte de la edición definitiva; el resto, como es de prever, estaría dedicado a ese ingente pero a su juicio indispensable caos de nimiedades dispersas. Una vez declarado su propósito, el discípulo emprendió la labor con una energía que ya entonces algunos juzgaron digna de mejor causa. El primer paso fue sencillo, si bien algo tedioso: consistió en la prolija transcripción de los muchísimos papeles viejos del maestro, que la viuda entregó no sin algún reparo; según la mujer todo aquello era una monumental pérdida de tiempo. Luego comenzó la paciente recolección de cartas y documentos de cuyo destino se tuviera alguna noticia. Cuando también esto se logró hasta cierto punto y todo indicaba que las obras completas del maestro aparecerían muy pronto, el discípulo anunció a los estupefactos editores que su tarea, increíblemente, no había hecho más que comenzar (2).

Y así fue, en efecto. Durante el resto de su ajetreada vida el discípulo viajó por toda Francia, por buena parte de Europa y por las más apartadas regiones del globo en busca de cualquier vestigio, por insignificante o anodino que fuera, de las obras completas del maestro. En bancos, inmobiliarias y estudios de abogados recopiló formularios, cheques, pagarés, declaraciones de impuestos, un acta de divorcio anulada a último momento; de mano de lectores generosos recibió autógrafos y dedicatorias no siempre reveladoras, si bien de unánime valor documental; en un callejón parisino fotografió un antiguo y casi invisible grafiti que, con la letra angulosa característica del maestro, propugnaba el acceso de la imaginación al poder; en el tronco añoso de un roble de Toulouse descubrió tallados un corazón y unas iniciales que coincidían con las del maestro, ya que no con las de la viuda; en el polvoriento archivo de una escuela primaria de Grenoble exhumó una composición juvenil cuyo tema era la vaca. “Mi meta se aleja inexorablemente —escribió en aquellos días a un corresponsal parisino que le preguntaba por su estado de salud— y cuanto más avanzo, tanto más me queda por recorrer. Conocí bien al maestro, fui testigo de sus arraigados métodos de trabajo y sé que incluso el opúsculo de la vaca fue precedido por dos o más borradores. Gott in Himmel! Mas no cejaré hasta encontrarlos”.

Sin embargo el tiempo corre para todos, aun para los jóvenes y para los fanáticos. Pasaron los años y las décadas y el discípulo, consumido por una obsesión rayana en la demencia, envejeció pronto. Abandonó a su mujer (3) o más bien fue abandonado por ella; comía poco, bebía mucho y no se daba con nadie; invertía sus fondos, cada vez más exiguos, en viajes por el mundo que no pocas veces demostraban ser perfectamente inútiles. La muerte le llegó de improviso, a los cincuenta y ocho años de edad, en el vestíbulo de un hotel neoyorquino cuyos viejos libros de quejas prometían algún hallazgo. La edición oficial de las obras completas del maestro, publicada sin entusiasmo tres años después de muerto el discípulo, prescindió rotundamente de ese notable material reunido a lo largo de toda una vida. Fue ésta una omisión que en cualquier caso no apenó a nadie, porque para entonces hacía mucho que el maestro, el gran novelista del siglo XX, habitaba el numeroso limbo de los escritores olvidados.

NOTAS

(1) Se sabe que una mañana, mientras ordenaba la biblioteca del difunto, el discípulo recibió un fuerte golpe en la cabeza al caérsele encima el tomo cuarto de la Historia de las prácticas sadomasoquistas del doctor Fajardo, en la versión francesa de Louise Bachellard (París, 1959). Esto explicaría en parte lo que ocurrió después.

(2) El tomo cuarto de la Histoire des pratiques sadomasochistes consta de 1.848 páginas in folio. Está robustamente encuadernado en cuero y hierro y pesa 3,7 kilogramos.

(3) Que, como el lector bien supone, no era otra que la viuda del maestro.

viernes, octubre 17, 2008

Die Verwandlung

Cierta mañana, tras admirar sin disimulo a una compañera de clase, el señor Wakefield se vio convertido en un viejo verde.