El misterio de Edwin Drood
La circunstancia resulta doblemente adversa, no sólo porque se trata de una novela policial -esto es, de una novela escrita desde la primera línea en función de ese argumento secreto que no conoceremos- sino porque se trata de una novela de Dickens. Es decir que además del consabido final más o menos asombroso hemos perdido personajes, escenas, digresiones, páginas y páginas de excelente literatura. La presunción no es caprichosa: aunque mirada con reservas por gran parte de la crítica -quizá por su pertenencia a un género históricamente resistido-, ésta bien pudo haber sido una de las mejores novelas del autor de Great Expectations. La historia se abre sórdida y memorablemente en un fumadero de opio del East End londinense y continúa en el lúgubre pueblito de Cloisterham con sus mezquinos habitantes, su antigua catedral y su ruinoso cementerio habitado por fantasmas. Hay en el todo el libro -en la mitad del libro que pertenece a este mundo- un aire opresivo que por momentos parece aplastar el relato y que en realidad constituye su mayor fuerza. Nunca la prosa de Dickens fue más sombría ni más desesperada: incluso los infaltables episodios humorísticos están como teñidos de angustia y son más bien otra excusa para la amargura. Y en medio de esa gótica tiniebla la novela teje sin prisa sus ambiguos interrogantes: los que conciernen a la desaparición del joven arquitecto Edwin "Ned" Drood, visto por última vez una destemplada noche de Navidad y presuntamente asesinado por su propio tío, el opiómano enamorado John Jasper... Que Dickens haya muerto mientras escribía su primera novela policial es una ironía trágica que no pasó desapercibida al gran Chesterton. "Dickens -dice en su famoso y muy citado estudio sobre Edwin Drood-, que había tenido demasiado poco argumento en las historias que tuvo que contar antes, tenía demasiado argumento en la historia que nunca contó (...). Dickens muere en el acto de contar, no su décima novela, sino sus primeras noticias del crimen. Cae muerto en el acto de denunciar al asesino".
Perdido el novelista, los editores quisieron salvar al personaje. Fue en vano: Wilkie Collins se negó a continuar el libro de su viejo amigo y la historia quedó inconclusa. Pero las novelas de Dickens siempre habían sido acontecimientos sociales, y el interés del público por descifrar el misterio de Edwin Drood tardaría décadas en extinguirse. Así pues, aquel mismo año de 1870 apareció en Estados Unidos The Cloven Foot, la primera continuación apócrifa. Obra de un tal Orpheus C. Kerr, el mamotreto resolvía la historia con la ineptitud y la mediocridad que eran de esperarse. Pero aquello fue sólo el comienzo. En 1873 se publicó, también en Norteamérica, The Complete Mystery of Edwin Drood. El editor era un médium de Vermont que decía haberse comunicado con el espíritu de Dickens; éste, desde el otro mundo, le había dictado la conclusión de la novela: al parecer, la calidad del resultado fue tan dudosa como la veracidad de la premisa. En 1878 Gillan Vase dio a la imprenta A Great Mystery Solved, la primera continuación inglesa, sólo para recibir el escarnio de la crítica y la indiferencia de los lectores.
Aún no era el fin. Superado el período de los "novelistas" -esto es, cuando al fin se cayó en la cuenta de que Dickens, como él mismo solía decir, es inimitable- entró en escena la previsible caterva de ensayistas, críticos literarios y detectives aficionados que, basándose en la evidencia interna de la novela y en pistas algo más discutibles -como las portadas de los fascículos mensuales, donde hay escenas que Dickens no llegó a escribir- ofrecieron variadas, sesudas y no pocas veces ridículas soluciones al problema. Ya en 1912, J. Cumming Walters elaboró un cuadro sinóptico en el que se consignan no menos de treinta hipótesis diferentes, desde la del pionero Kerr hasta las de los contemporáneos: algunas son más razonables que otras; todas, sin excepción, son insatisfactorias y nos parecen fatalmente equivocadas.
Con el tiempo aquel frenesí deductivo dio paso a un saludable escepticismo. En 1985 se estrenó en Broadway la obra Drood, una comedia musical que tiene siete desenlaces diferentes. Antes del último acto, el público vota a su sospechoso favorito: el resultado de esa votación determina el final. Como irónica revisión de más de un siglo de profusa especulación droodiana, la idea es extraordinaria. Chesterton, en el ensayo citado, dice que el misterio de Edwin Drood es insoluble, que sólo conoceremos la verdad cuando encontremos a Dickens en el cielo y que para entonces es muy probable que éste la haya olvidado... Mientras tanto a nosotros, meros lectores terrenales que quizá no compartimos el candor del Padre Brown, la lectura de este libro incompleto nos produce una vaga, indefinible tristeza. Una tristeza que tiene menos que ver con el incierto destino de Edwin Drood que con el de Charles Dickens, y en última instancia con el de todos los hombres. ¿Por qué extrañarse, a fin de cuentas? Todos somos mortales. Todos, el día que nos vayamos, dejaremos atrás una obra inconclusa y un misterio sin resolver.


5 Comments:
clap clap clap
su ensayo me parece tan bien escrito, que ni siquiera oso hacer uno de los chascarrillos humorísticos con los que veces me da por comentar.
Abrazo
A mí también me parece fenomenal. Pero esta vez, no me dan ganas de leer la obra en cuestión... me pone triste de antemano.
Coincido con Fodor y también con la montevideana.
Parece que el misterio inconcluso es misteriosamente apasionante.
Quién le dice, quizá Dickens no tenía realmente la solución y se murió por esa angustia.
Saludos
Un ensayo a la altura del mejor Wakefield!
Entre mis innumerables cuentas pendientes se encuentra la lectura de Dickens. Sólo tengo por ahí una novelita que escribió con el citado W. Collins, Los perezosos, de la que no recuerdo mucho.
De todos modos, reconozco que no me resulta muy estimulante la idea de leer una novela policial inconclusa (particularidad que usted muy bien señala).
Saludos.
encantador, Wakefield.
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