Mixed feelings
Julia mató cinco lauchas en menos de una semana, y ahora no sé si festejar las aptitudes de mi perra para la caza menor o deplorar la pocilga donde vivo.
"En el desorden aparente de nuestro misterioso mundo, cada hombre está ajustado a un sistema con tan exquisito rigor —y los sistemas entre sí, y todos a todo— que el individuo que se desvía un solo momento corre el terrible albur de perder para siempre su lugar. Corre el albur de ser, como Wakefield, el Paria del Universo". Nathaniel Hawthorne, 1835.
Julia mató cinco lauchas en menos de una semana, y ahora no sé si festejar las aptitudes de mi perra para la caza menor o deplorar la pocilga donde vivo.
Nunca fui muy simpático, pero últimamente ni yo mismo me aguanto. Ayer, sin ir más lejos, vi cómo a un tipo se le volaba la gorra delante de mí y no hice nada para ayudarlo. La gorra -una de ésas con visera, creo que de básquet, bastante fea por cierto- aterrizó a pocos centímetros de mis pies mientras ambos cruzábamos una calle del centro. El semáforo estaba en rojo; sólo era cuestión de agacharse, levantar la gorra y devolvérsela al tipo, que ya volvía corriendo a buscarla. Pero eso habría sido demasiado fácil: lo que yo hice fue mirar para otro lado, apretar el paso y seguir de largo como quien no admite distracciones. Increíblemente el tipo -apenas un muchacho, en realidad- pasó a mi lado sin insultarme, pero hay que decir que tampoco hizo falta. Bastó con mi propia y desde luego airada conciencia, que no me dio respiro durante el resto del día. ¿A qué se debía esa actitud tan poco solidaria? ¿Desde cuándo me importaba tan poco el género humano? ¿Por qué, o sea, no había levantado la maldita gorra como Dios o al menos la más elemental cortesía ordenan?
"Hay muy pocos momentos de la vida de un hombre en que éste experimenta una angustia tan espantosa, o encuentra tan poca conmiseración de sus iguales, como cuando va corriendo en pos de su sombrero. Se requiere extrema frialdad y una especialísima capacidad de juicio para atrapar un sombrero en fuga. Quien lo persigue no debe precipitarse, o lo pasará por encima; tampoco debe retrasarse, o lo perderá para siempre. El mejor método es efectuar la persecución con calma, ser cauto y preciso, esperar la mejor oportunidad, acercarse de a poco y, entonces sí, tomarlo del ala y encajárselo firmemente en la cabeza sin perder la sonrisa, como si el asunto fuera tan gracioso para uno como para los demás".Leerlo fue un alivio considerable, porque en aquello de la poca conmiseración de los iguales me vi gratamente reflejado. Por lo visto mi indiferencia ante esta clase de accidentes era menos rara de lo que temía: señores a los que se les volaba el sombrero debió de haber muchísimos en la Inglaterra del siglo XIX; y si todos o casi todos eran mirados por el prójimo sin el menor asomo de solidaridad yo no había hecho más que homenajear una sobria y civilizada tradición victoriana, atestiguada nada menos que por Charles Dickens.
"Es muy desagradable estar siempre realizando pequeñas acciones del cuerpo o del alma con la esperanza de obtener a cambio alguna clase de retribución. Tengo la absoluta certeza de que si a A se le vuela el sombrero en la calle, es el sagrado deber de B levantarlo del suelo y devolverlo sin mirar la cara de A en busca de una señal de gratitud".Personalmente considero que todo lo que dice Seymour es palabra santa y sería el último en contradecir este dictamen, que me parece justísimo. Eso sí: no me servía como diagnóstico de lo ocurrido aquella tarde. Desde luego que la generosidad puede ser una forma del egoísmo, y que al no ayudar al tipo yo había sorteado hábilmente la trampa de ser "bueno" para acallar mi mala conciencia; pero también es verdad que en ningún momento me hice un planteo de esa naturaleza. Lo que yo sentí entonces, querido lector, lo que yo experimenté cuando mis negras cavilaciones de las siete de la tarde se vieron bruscamente interrumpidas por el episodio de la gorra fue esto: un profundo cansancio, un hastío sin límites y un deseo febril de estar lejos, muy lejos, astronómicamente lejos de cualquier tipo al que se le pudiera volar la gorra mientras cruzaba la calle.
"Pueden ustedes llamarme Ismael. Hace algunos años -no importa cuántos, exactamente- con poco o ningún dinero en mi billetera y nada de particular que me interesara en tierra, pensé darme al mar y ver la parte líquida del mundo. Es mi manera de disipar la melancolía y regular la circulación. Cada vez que la boca se me tuerce en una mueca amarga; cada vez que en mi alma se posa un noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me sorprendo deteniéndome, a pesar de mí mismo. frente a las empresas de pompas fúnebres o sumándome al cortejo de un entierro cualquiera y, sobre todo, cada vez que me siento a tal punto dominado por la hipocondría que debo acudir a un robusto principio moral para no salir deliberadamente a la calle y derribar metódicamente los sombreros de la gente, entonces comprendo que ha llegado la hora de darme al mar lo antes posible. Esos viajes son, para mí, el sucedáneo de la pistola y la bala. En un arrogante gesto filosófico, Catón se arroja sobre su espada; yo, tranquilamente, tomo un barco. No hay nada de asombroso en esto. Pocos lo saben, pero casi todos los hombres, sea cual fuere su condición, alimentan en un momento dado esos sentimientos que me inspira el océano" (1).Nunca leemos dos veces el mismo libro. Siempre dije que aquella manía de Ismael de voltear sombreros era un capricho inexplicable: todos los síntomas de su angustia antes de hacerse a la mar me parecían verosímiles, excepto ése. Ahora, en cambio, el comienzo de Moby Dick me produce el temor reverencial de la profecías que se cumplen. Yo veo en esas pocas líneas un relato posible de mi propio futuro. Entiendo con alarma que, si bien aún no me dedico al derribo sistemático de sombreros ajenos, sí llegué al punto en que, por decirlo de un modo suave, no me importa verlos en el suelo. Pasar al estadio siguiente es sólo cuestión de tiempo. Día llegará en que habré de acudir a un robusto principio moral para no derribar metódicamente los sombreros de la gente, y entonces -aunque odie ponerme dramático- será momento de tomar la gran determinación. De encontrar mi propio sucedáneo a la pistola y la bala, sea cual fuere.
Una leyenda de origen cordobés asegura que Juan Filloy (1894-2000) es el gran olvidado de la literatura argentina y que sus libros, Dios nos perdone, son "mejores que los de Borges". Más allá de la impertinencia de ese dictamen, está claro que Filloy es uno de nuestros escritores más singulares. Su obra se caracteriza por rarezas que son de conocimiento público: los extravagantes títulos de siete letras -una de sus novelas más famosas se llama Op Oloop; otra, Ñampilm; otra, Jjasond-, una prosa extremadamente barroca, un casi hermético sentido del humor y, sobre todo, la obsesión por los palíndromos o frases capicúa. Karcino, publicado en 2005 por El Cuenco de Plata, recopila metódicamente los palíndromos compuestos por Filloy durante casi un siglo de trabajo.
Preside el libro un breve tratado de palindromía, redactado en el estilo verboso y algo oscuro que es típico del autor. "Divertimento grato entre todos -afirma en las primeras páginas- es el de la palindromía. Las palabras pareciera que esperasen a quienes, en una mayéutica formal, las alumbraran, para conducirlas por sendas metodológicas hacia revelaciones inéditas". La composición de palíndromos es para Filloy un juego intelectual no menos valioso por su extrañeza que por su absoluta inutilidad. "En un mundo cada vez más venal, donde todo se cotiza, donde no se concibe ningún ahínco desinteresado, el culto de la palindromía constituye una flagrante aberración. Mas, ¿qué ganan también los que se dedican a desentrañar hieroglifos, charadas, metátesis, crucigramas, logogrifos, metaplasmas, anagramas, etc.? Nada, por cierto. A no ser el halago de superar el enigma esclareciéndolo y la complacencia de saber que la agudeza y la constancia propia son atributos que categorizan la costumbre de vivir".Decidí que no iba a volver nunca más a mi casa y que tampoco iba a volver a pisar un colegio. Decidí que sólo la iba a ver a Phoebe para despedirme y devolverle la plata de Navidad, y que después me pondría a hacer dedo para viajar hacia el oeste. Pensé en pararme en el túnel Holland y conseguir que alguien me llevara un trecho, y después otro, y otro, y otro, y en pocos días llegaría a un lugar hermoso y lleno de sol, donde nadie me conocería y me darían un trabajo. Me imaginé que podía conseguir uno en alguna estación de servicio donde tendría que llenar tanques de nafta y aceitar autos. Aunque no me preocupaba qué clase de trabajo fuera con tal de que nadie me conociera y no conocer a nadie. Pensé que lo mejor iba a ser hacerme el sordomudo para no tener que meterme en conversaciones inútiles y estúpidas. Si alguien me quería decir algo, iba a tener que escribirlo en un pedazo de papel y mostrármelo. Después de un rato se iba a hartar de tener que hacer siempre lo mismo y de esa manera no iba a tener que hablar con nadie nunca más. Todos pensarían que no era más que un pobre sordomudo y me dejarían tranquilo. Les metería nafta y aceite en sus autos de porquería, me pagarían y con la plata que ahorrara me iba a construir una cabaña en algún lugar para pasar ahí el resto de mi vida. La iba a construir cerca de un bosque, pero no en el medio de los árboles, porque quería que todo el tiempo estuviera soleado. Me haría mi propia comida y más adelante, si me daban ganas de casarme o algo por el estilo, iba a conocer a una chica lindísima, sordomuda también, y nos casaríamos. Vendría a vivir a la cabaña conmigo, y si tenía ganas de decirme algo iba a tener que escribirlo en una podrida hoja, como todos los demás. Si teníamos hijos, los esconderíamos en alguna parte. Les íbamos a comprar un montón de libros y nosotros mismos les íbamos a enseñar a leer y escribir.
Ocurre a veces que sube al colectivo un amigo o conocido del chofer, y entonces los pasajeros -que venían como ausentes, en ese limbo apático al que suele llevarnos esta clase de traslaciones- asisten a un espectáculo digno de verse. El recién llegado, que en virtud de su relación más o menos amistosa con el que maneja viaja gratis, se instala con suficiencia en un asiento de la primera fila o, si no hay ninguno libre, permanece de pie junto a su benefactor. Acto seguido se entabla entre ambos un diálogo vulgar, intrascendente, errático, que sin embargo -y esto es lo extraordinario- cada uno de los pasajeros sigue con inexplicable y mal disimulado interés. No importa que el tema sea el obvio estado del tiempo, el próximo casamiento de alguien que sólo ellos conocen o los problemas escolares del hijo del chofer: todos valen la pena y todos concitan por parte del auditorio la misma respetuosa atención. Los interlocutores, conscientes de esta expectativa, adoptan con tácita generosidad un tono alto y claro que permite oírlos sin esfuerzo desde la última fila. Y es que de eso se trata, en efecto. Que nadie se engañe: la mujer con un bebé en brazos que mira distraídamente por la ventanilla, el oficinista aburrido que juega con su teléfono celular, la estudiante de anteojos con la vista clavada en su libro de Platón no hacen más que escuchar, como si la vida les fuera en ello, ese alegre diálogo de sordos. Yo mismo, que ahora la voy de espectador irónico, suelo viajar alguna cuadra de más sólo para oír la opinión autorizada del chofer sobre los días de lluvia o para saber, de una buena vez por todas, por qué estamos como estamos.